lunes, 23 de marzo de 2026

A 50 años del golpe: "No vienen por mí ni por el gobierno, quieren derrumbar las chimeneas y las fábricas que levantó Perón."

 

EL GOBIERNO QUE TODAVÍA INCOMODA

A 50 años del golpe, una deuda pendiente con la verdad histórica

24 de marzo de 2026

 

"En Argentina, el 24 de marzo se conmemora con solemnidad. Pero hay una pregunta que nadie se atreve a responder: ¿qué gobierno derrocó la dictadura? ¿Por qué el nombre de Isabel Perón sigue siendo un tabú?"

 

 

Hay una fecha que el calendario político argentino conmemora con solemnidad, con actos, con discursos, con silencios cargados de significado. El 24 de marzo de 1976. Cincuenta años del golpe cívico-militar más brutal de la historia argentina. Y está bien que así sea. Lo que no está bien, es conmemorar ese golpe sin hablar del gobierno que derrocó. Sin hablar de ella. Sin hablar de María Estela Martínez de Perón.


Porque resulta que en Argentina es posible pasar horas analizando la dictadura sin nombrar una sola vez a la presidenta constitucional que fue arrestada en la madrugada del 24 de marzo, trasladada en helicóptero, recluida durante más de cinco años sin condena firme, y borrada metódicamente de la memoria colectiva. No por los militares solamente, que ya bastante hicieron. Sino por la democracia que vino después. Y, en muchos casos, por el propio peronismo.

Ese silencio no es un olvido. Es una operación.

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El clima de época: gobernar en un campo minado

Para entender lo que fue el gobierno de Isabel Perón hay que hacer el esfuerzo (cada vez más difícil en una época que prefiere los relatos simples) de meterse en el clima de aquellos años. No con nostalgia. Con honestidad.

¿Cómo se gobierna un país donde la izquierda armada declara que el presidente es un "obstáculo" y la derecha económica sabotea la economía? ¿Cómo se sostiene una democracia cuando los medios, los empresarios y hasta sectores de la guerrilla apuestan por su colapso? Isabel Perón lo intentó durante 21 meses. Y pagó el precio.

Argentina en 1974 era un país en guerra consigo mismo. Una guerra que no se declaró formalmente pero que se libraba todos los días en las calles, en las fábricas, en los cuarteles, en los pasillos del poder. El ERP atacaba guarniciones militares. Montoneros, que dos meses antes de la muerte de Perón había ejecutado al secretario general de la CGT José Ignacio Rucci frente a sus trece guardaespaldas, tenía un plan explícito: construir un ejército de 20.000 hombres para llegar a lo que su conducción llamaba, con frialdad técnica, 'el momento de fractura'. No era una metáfora. Era un programa.


Lo dijo Mario Firmenich en noviembre de 1973, ante cuadros medios de la organización, con una claridad que sus apologistas prefieren ignorar hasta hoy: la contradicción con Perón era 'insalvable'. El proyecto era el socialismo. Perón era un obstáculo. La ideología justicialista, en sus propias palabras, 'un proceso de transición'. Mientras tanto, en público, la tapa de su revista proclamaba en letras catástrofe: 'Aquí manda Perón'. El doble discurso no era un detalle: era la estrategia.

Perón murió en julio de 1974. Y el obstáculo, desde entonces, fue Isabel. Lo que siguió fue un doble cerco: por un lado, la violencia de las organizaciones armadas que, habiendo perdido el apoyo popular que alguna vez tuvieron, apostaron a la escalada. Por el otro, los sectores militares, económicos y mediáticos que esperaban con calculada paciencia que ese colapso llegara. Dos fuerzas que se necesitaban mutuamente para justificar lo que ambas querían: el fin del gobierno constitucional.

En ese campo minado gobernó Isabel Perón durante 21 meses.

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El tablero geopolítico: lo que venía de afuera

El gobierno de Isabel no cayó en un vacío. Cayó en plena Guerra Fría, con una doctrina de seguridad nacional exportada desde Washington que consideraba cualquier proceso de soberanía económica en América Latina como una amenaza a contener. Chile 1973 era muy reciente. Henry Kissinger había dejado en claro que los gobiernos que nacionalizaban recursos, controlaban medios de comunicación y resistían el capital financiero internacional no serían tolerados.


No es casualidad que el armamento interceptado por el gobierno de Isabel en los meses previos al golpe llegara desde Gran Bretaña: 160.000 proyectiles consignados a la embajada británica, toneladas de armas descubiertas en un avión de British Caledonian, contrabando de ametralladoras Stirling. Las potencias que después aplaudieron la 'estabilización' argentina tenían intereses concretos en el resultado. Un gobierno que expulsaba al embajador inglés por Malvinas, que cañoneaba naves británicas en aguas argentinas y que bloqueaba la entrega de recursos estratégicos a empresas transnacionales, era incompatible con el orden que Washington y Londres querían para la región.

La dictadura que vino no fue solo un golpe militar argentino. Fue la expresión local de un proyecto continental que incluía asesoramiento, financiamiento y respaldo político desde el exterior. Entender el 24 de marzo sin esa dimensión es entender solo una parte de lo que ocurrió.

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Las debilidades reales: lo que no se puede negar

La honestidad intelectual obliga a decirlo sin rodeos: el gobierno de Isabel tuvo debilidades serias, y negarlas sería caer en el mismo vicio de los que ocultan sus logros.

La más grave, y la que más daño hizo, fue José López Rega. El ministro de Bienestar Social, secretario privado de Perón durante el exilio, hombre de confianza de Isabel, fue una figura nefasta cuya influencia sobre la presidenta distorsionó decisiones, alimentó la paranoia institucional y tuvo responsabilidad directa en el accionar de la Triple A, la organización paraestatal que asesinó a decenas de militantes, intelectuales y dirigentes. Isabel tardó demasiado en separarse de él. Cuando lo hizo, en julio de 1975, bajo presión de la CGT y del propio peronismo, el daño ya estaba hecho. López Rega fue el flanco por donde los enemigos del gobierno entraron con más facilidad, y también el argumento más cómodo para quienes querían descalificar todo lo demás.

La segunda debilidad fue la crisis económica. La herencia del Rodrigazo (el brutal ajuste tarifario decretado por el ministro Celestino Rodrigo en junio de 1975) generó la huelga general más importante de la historia argentina contra un gobierno peronista. Isabel quedó atrapada entre la necesidad de estabilizar una economía golpeada por la crisis internacional del petróleo, la puja distributiva que el Pacto Social ya no podía contener, y las presiones de sectores empresariales que jugaban deliberadamente contra el gobierno, desabasteciendo, remarcando precios y fugando capitales para acelerar el colapso. No fue solo una crisis: fue en parte una crisis fabricada por quienes después aplaudieron el golpe.


La tercera debilidad fue la soledad institucional. Isabel gobernó sin un aparato político a la altura de las circunstancias. El peronismo estaba fracturado: la derecha conspiraba, la izquierda la atacaba, los sindicalistas negociaban por sus propios intereses, los gobernadores miraban para el costado. En el Congreso, la oposición radicalizó su posición a medida que el golpe se acercaba, como si el sistema político hubiera decidido colectivamente que la salida institucional no valía la pena defender. La democracia argentina fue al golpe de 1976 sin que casi nadie levantara una sola voz para impedirlo. Esa complicidad civil es otro capítulo que la memoria oficial prefiere no abrir.

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Los aciertos: lo que nadie quiere recordar

En esos mismos 21 meses, con ese nivel de asedio, el gobierno de Isabel Perón ejecutó un programa de soberanía nacional que no tiene parangón en la historia democrática reciente del país.

Nacionalizó los canales de televisión 9, 11 y 13. Incorporó al patrimonio nacional 36 radioemisoras y el Canal 7. Estatizó los depósitos bancarios. Bloqueó el negociado que entregaba la producción siderúrgica argentina a Brasil por 50 años. Anuló contratos de la ITT y Siemens por sobrecostos fraudulentos cobrados a ENTEL. Sancionó la Ley de Contrato de Trabajo (la 20.744) que seguía siendo hasta hace muy poco el instrumento central de protección laboral en la Argentina. Creó el Sistema Nacional Integrado de Salud. Decretó el arresto del directorio de Bunge y Born por financiamiento a la guerrilla.

No contrajo deuda externa. Ese dato, que debería estar en todos los análisis sobre el endeudamiento argentino, brilla por su ausencia en la mayoría de ellos. La deuda al inicio del gobierno peronista en 1973 era de 5.189 millones de dólares. Al 24 de marzo de 1976 era exactamente la misma cifra, con los intereses pagados. Lo que vino después: Martínez de Hoz, el endeudamiento exponencial, la estatización de deuda privada,  fue la demostración a contrario de lo que ese gobierno había evitado.


Interceptó cargamentos de armas enviados desde Gran Bretaña a las organizaciones guerrilleras. Expulsó al embajador británico por la negativa unilateral del Reino Unido a negociar sobre Malvinas. Ordenó el cañoneo de una nave inglesa en aguas argentinas en febrero de 1976. Realizó una reunión de gabinete en la Antártida para dejar constancia soberana ante el mundo de que ese territorio era argentino.

Un gobierno que en menos de dos años nacionalizó los medios, estatizó los depósitos bancarios y bloqueó la entrega de recursos estratégicos a transnacionales. Que no contrajo deuda externa (algo que ningún gobierno posterior logró) y que resistió presiones de potencias extranjeras. ¿Por qué estos hechos brillan por su ausencia en los discursos del 24 de marzo? ¿Será que la "memoria" también tiene sus tabúes?

Dos meses antes del golpe, Isabel dijo algo que la historia se encargó de validar: "No vienen por mí ni por el gobierno, quieren derrumbar las chimeneas y las fábricas que levantó Perón."

Tenía razón.

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La arquitectura del saqueo: el legado legislativo que nadie desmontó

Hay una dimensión del 24 de marzo que la memoria oficial sistemáticamente evade: la dictadura no solo asesinó personas. Construyó una arquitectura legal diseñada para que la Argentina que venía después no pudiera desandar el camino. Y lo logró.


La ley de entidades financieras de Martínez de Hoz liberalizó el sistema bancario y abrió la puerta a la especulación que destruyó el aparato productivo. La ley de inversiones extranjeras entregó condiciones privilegiadas al capital transnacional. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central subordinó la política monetaria a criterios ajenos al desarrollo nacional. La modificación del Código Procesal Civil y Comercial autorizó la prórroga de jurisdicción en favor de jueces extranjeros; desde entonces, todos los gobiernos argentinos, sin excepción, emitieron deuda bajo legislación de Nueva York o Londres, renunciando a la inmunidad soberana del Estado.

Ningún gobierno democrático desde 1983 se atrevió a desmantelar esa estructura. Algunos la perfeccionaron. Todos la respetaron. Los discursos contra la dictadura se pronuncian cada 24 de marzo con energía y convicción. Las leyes que la dictadura dejó como legado económico siguen vigentes. Esa contradicción es el verdadero índice de hasta dónde llegó la restauración conservadora que el golpe instaló.

Los responsables del endeudamiento externo que condicionó a la Argentina durante medio siglo nunca fueron juzgados. Los deudores privados que socializaron sus pérdidas con la estatización de la deuda privada en 1982 nunca respondieron ante la justicia. Los civiles que integraron el gabinete económico de la dictadura, que elaboraron ese plan y lo ejecutaron, siguieron haciendo carrera. Algunos con reconocimiento público.

Los mismos que hoy conmemoran el horror del golpe callan ante un dato escalofriante: las leyes económicas de la dictadura siguen vigentes. Ningún gobierno democrático las derogó. ¿No es curioso que los discursos contra el terrorismo de Estado no mencionen el terrorismo económico que nos condenó a medio siglo de endeudamiento? La dictadura no solo mató. Nos dejó un país diseñado para no salir de la dependencia. Y eso, al parecer, a nadie le incomoda lo suficiente.

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Por qué incomoda al peronismo

Aquí está la paradoja que nadie quiere resolver en voz alta.

El peronismo tiene una deuda pendiente con Isabel Perón. Nos llenamos la boca hablando de lealtad, pero borramos de la historia a la única mujer que gobernó en nombre de Perón. Nos indignamos con los traidores de los 70, pero cerramos los ojos ante quienes traicionaron a su propio gobierno. ¿O acaso la lealtad es solo un eslogan? La pregunta duele porque la respuesta también: si reivindicamos a Isabel, tendríamos que admitir que Montoneros atacó a un gobierno peronista. Que la izquierda armada apostó al colapso institucional. Que la complicidad civil con el golpe no fue solo de la derecha. Y eso, para ciertos relatos, es demasiado incómodo.

Porque reivindicar a Isabel Perón implica responder preguntas muy incómodas. ¿Qué hacía Montoneros atacando a un gobierno peronista democráticamente electo? ¿Qué responsabilidad tuvo la conducción de esa organización en la desestabilización del único gobierno popular que el país tenía? ¿Por qué Firmenich reconocía en privado, en noviembre de 1973, que la 'contradicción con Perón era insalvable' mientras proclamaba públicamente lealtad al movimiento? ¿Por qué cuando llegó el 'momento de fractura' que habían calculado con precisión militar, la cúpula montonera se 'replegó' al exterior mientras la represión caía sobre miles de personas que no tenían nada que ver con ese proyecto?

Esas preguntas no invalidan el horror de la dictadura. No relativizan un solo crimen de la represión. Pero sí obligan a una lectura más compleja de los años que precedieron al golpe. Y esa complejidad es demasiado costosa para ciertos relatos.

Hay también una dimensión que el feminismo hegemónico argentino prefiere no ver: Isabel fue la primera mujer presidenta del mundo. No de América Latina. Del mundo. Asumió sin haberlo buscado, en las peores condiciones imaginables, tras la muerte de su marido. Fue presa durante más de cinco años, más que cualquier otro funcionario constitucional en la historia argentina. Nunca se victimizó. Nunca negoció su silencio por comodidad. Y sin embargo no tiene busto en el Salón de Honor de la Casa Rosada, a pesar de que existe un decreto y una ley que obligan a colocarlo. Eso también es una forma de violencia política.

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¿Qué hubiera pasado si la democracia no se interrumpía?


La pregunta es legítima y no tiene respuesta segura. Pero tiene indicios suficientes para no esquivarla.

Un gobierno que en 21 meses había nacionalizado los medios de comunicación, los depósitos bancarios y bloqueado múltiples negociados entreguistas, que había sancionado la Ley de Contrato de Trabajo y el Sistema Nacional de Salud, que mantenía la deuda externa sin crecer y que resistía las presiones del capital transnacional, ese gobierno, de haber completado su mandato y convocado a elecciones en 1977, hubiera entregado una Argentina estructuralmente distinta a la que recibió la dictadura.

No hay motivos para suponer que los problemas de violencia política se hubieran resuelto solos. La amenaza de las organizaciones armadas era real y hubiera requerido respuestas institucionales. La crisis económica era grave y hubiera exigido decisiones difíciles. Las tensiones dentro del peronismo eran profundas y hubieran generado conflictos. Pero hay una diferencia fundamental entre un país que resuelve sus contradicciones dentro del sistema democrático (por caótico, imperfecto y doloroso que sea ese proceso) y un país que las resuelve con 30.000 desaparecidos, el desmantelamiento del aparato industrial construido en tres décadas, un endeudamiento externo que condicionó todas las decisiones económicas por medio siglo, y una arquitectura legal diseñada para perpetuar la dependencia.

La Argentina sin golpe hubiera tenido sus crisis. Sus fracturas. Sus momentos de debilidad. Pero hubiera tenido algo que la Argentina real no tuvo: la posibilidad de resolver esas crisis desde adentro, sin que el precio lo pagaran los que no tenían ninguna responsabilidad en el conflicto.

La Argentina que pudo haber sido no existe. Pero la Argentina que fue, sí. Y esa Argentina empezó a construirse el 24 de marzo de 1976, cuando se arrestó a una mujer que había gobernado sin contraer deuda, sin entregar los recursos naturales, sin doblar la soberanía ante ninguna potencia extranjera, y que dos meses antes había advertido con precisión lo que estaba por ocurrir.

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La verdad que falta en cada 24 de marzo

Cada año, el 24 de marzo, Argentina recuerda el horror. Y está bien. Nunca hay que dejar de recordarlo.

Pero la memoria que no incluye a Isabel Perón es una memoria mutilada. La que no pregunta qué gobierno fue el que derrocaron es una memoria cómoda. La que condena la dictadura sin analizar quiénes la facilitaron (desde los partidos políticos, desde los grandes medios, desde las organizaciones armadas que apostaron al colapso institucional, desde las potencias extranjeras que lo financiaron y respaldaron) es una memoria que repite el ritual sin buscar la verdad.

Y la memoria que conmemora el 24 de marzo con discursos encendidos mientras ningún gobierno se atreve a derogar las leyes económicas que la dictadura dejó como legado, es una memoria que honra a las víctimas con palabras y las traiciona con hechos.

 

Cada 24 de marzo, recordamos a los 30.000 desaparecidos, a las madres y abuelas que aún buscan a sus seres queridos, a los niños y niñas robados cuya identidad sigue siendo un crimen abierto. 'Memoria, Verdad y Justicia' es un compromiso irrenunciable para que el horror del terrorismo de Estado nunca se repita. Pero la memoria que solo conmemora el crimen y olvida a la víctima institucional: el gobierno democrático de Isabel Perón, es una memoria incompleta. La verdad que no pregunta ¿por qué derrocaron a un gobierno que no contrajo deuda, nacionalizó los medios y defendió la soberanía? es una verdad a medias. Y la justicia que no investiga a los cómplices civiles del golpe (desde los partidos que miraron para otro lado hasta las potencias que lo aplaudieron) es una justicia coja.

Argentina no solo tuvo una dictadura asesina. Tuvo un golpe contra el último intento de construir un país soberano dentro de la democracia. Honrar a las víctimas exige también preguntarnos: ¿qué proyecto político interrumpió el 24 de marzo de 1976? Porque sin esa pregunta, la memoria se convierte en un acto vacío. Y la historia, en una lección que nunca aprendemos."

 

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Fuentes consultadas

Aldo Duzdevich — "Perón es un estorbo para nosotros" (2020)

Iciar Recalde — "En la huella de Evita: Isabel Perón y las mujeres argentinas", Revista Escenarios, marzo 2020

Diego Mazzieri — "María Estela Martínez, por siempre de Perón. Biografía de la lealtad", Ed. Fabro, 2020

Guillermo Nieto — "¿Por qué derrocaron a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976?" (Universidad Libre)

Fotografías tomadas de la web, el crédito a sus autores.

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