EL
GOBIERNO QUE TODAVÍA INCOMODA
A 50 años del golpe, una
deuda pendiente con la verdad histórica
24 de marzo de 2026
"En
Argentina, el 24 de marzo se conmemora con solemnidad. Pero hay una pregunta
que nadie se atreve a responder: ¿qué gobierno derrocó la dictadura? ¿Por qué
el nombre de Isabel Perón sigue siendo un tabú?"
Hay una fecha que el calendario político argentino conmemora con solemnidad, con actos, con discursos, con silencios cargados de significado. El 24 de marzo de 1976. Cincuenta años del golpe cívico-militar más brutal de la historia argentina. Y está bien que así sea. Lo que no está bien, es conmemorar ese golpe sin hablar del gobierno que derrocó. Sin hablar de ella. Sin hablar de María Estela Martínez de Perón.
Porque resulta que en
Argentina es posible pasar horas analizando la dictadura sin nombrar una sola
vez a la presidenta constitucional que fue arrestada en la madrugada del 24 de
marzo, trasladada en helicóptero, recluida durante más de cinco años sin
condena firme, y borrada metódicamente de la memoria colectiva. No por los
militares solamente, que ya bastante hicieron. Sino por la democracia que vino
después. Y, en muchos casos, por el propio peronismo.
Ese silencio no es un
olvido. Es una operación.
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El clima de época: gobernar en un campo
minado
Para entender lo que fue
el gobierno de Isabel Perón hay que hacer el esfuerzo (cada vez más difícil en
una época que prefiere los relatos simples) de meterse en el clima de aquellos
años. No con nostalgia. Con honestidad.
¿Cómo se gobierna un país
donde la izquierda armada declara que el presidente es un "obstáculo"
y la derecha económica sabotea la economía? ¿Cómo se sostiene una democracia
cuando los medios, los empresarios y hasta sectores de la guerrilla apuestan
por su colapso? Isabel Perón lo intentó durante 21 meses. Y pagó el precio.
Argentina en 1974 era un país en guerra consigo mismo. Una guerra que no se declaró formalmente pero que se libraba todos los días en las calles, en las fábricas, en los cuarteles, en los pasillos del poder. El ERP atacaba guarniciones militares. Montoneros, que dos meses antes de la muerte de Perón había ejecutado al secretario general de la CGT José Ignacio Rucci frente a sus trece guardaespaldas, tenía un plan explícito: construir un ejército de 20.000 hombres para llegar a lo que su conducción llamaba, con frialdad técnica, 'el momento de fractura'. No era una metáfora. Era un programa.
Lo dijo Mario Firmenich en
noviembre de 1973, ante cuadros medios de la organización, con una claridad que
sus apologistas prefieren ignorar hasta hoy: la contradicción con Perón era
'insalvable'. El proyecto era el socialismo. Perón era un obstáculo. La
ideología justicialista, en sus propias palabras, 'un proceso de transición'.
Mientras tanto, en público, la tapa de su revista proclamaba en letras
catástrofe: 'Aquí manda Perón'. El doble discurso no era un detalle: era la
estrategia.
Perón murió en julio de
1974. Y el obstáculo, desde entonces, fue Isabel. Lo que siguió fue un doble
cerco: por un lado, la violencia de las organizaciones armadas que, habiendo
perdido el apoyo popular que alguna vez tuvieron, apostaron a la escalada. Por
el otro, los sectores militares, económicos y mediáticos que esperaban con
calculada paciencia que ese colapso llegara. Dos fuerzas que se necesitaban
mutuamente para justificar lo que ambas querían: el fin del gobierno
constitucional.
En ese campo minado
gobernó Isabel Perón durante 21 meses.
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El tablero geopolítico: lo que venía de
afuera
El gobierno de Isabel no cayó en un vacío. Cayó en plena Guerra Fría, con una doctrina de seguridad nacional exportada desde Washington que consideraba cualquier proceso de soberanía económica en América Latina como una amenaza a contener. Chile 1973 era muy reciente. Henry Kissinger había dejado en claro que los gobiernos que nacionalizaban recursos, controlaban medios de comunicación y resistían el capital financiero internacional no serían tolerados.
No es casualidad que el
armamento interceptado por el gobierno de Isabel en los meses previos al golpe
llegara desde Gran Bretaña: 160.000 proyectiles consignados a la embajada
británica, toneladas de armas descubiertas en un avión de British Caledonian, contrabando
de ametralladoras Stirling. Las potencias que después aplaudieron la
'estabilización' argentina tenían intereses concretos en el resultado. Un
gobierno que expulsaba al embajador inglés por Malvinas, que cañoneaba naves
británicas en aguas argentinas y que bloqueaba la entrega de recursos
estratégicos a empresas transnacionales, era incompatible con el orden que
Washington y Londres querían para la región.
La dictadura que vino no
fue solo un golpe militar argentino. Fue la expresión local de un proyecto
continental que incluía asesoramiento, financiamiento y respaldo político desde
el exterior. Entender el 24 de marzo sin esa dimensión es entender solo una
parte de lo que ocurrió.
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Las debilidades reales: lo que no se puede
negar
La honestidad intelectual
obliga a decirlo sin rodeos: el gobierno de Isabel tuvo debilidades serias, y
negarlas sería caer en el mismo vicio de los que ocultan sus logros.
La más grave, y la que más
daño hizo, fue José López Rega. El ministro de Bienestar Social, secretario
privado de Perón durante el exilio, hombre de confianza de Isabel, fue una
figura nefasta cuya influencia sobre la presidenta distorsionó decisiones,
alimentó la paranoia institucional y tuvo responsabilidad directa en el
accionar de la Triple A, la organización paraestatal que asesinó a decenas de
militantes, intelectuales y dirigentes. Isabel tardó demasiado en separarse de
él. Cuando lo hizo, en julio de 1975, bajo presión de la CGT y del propio
peronismo, el daño ya estaba hecho. López Rega fue el flanco por donde los
enemigos del gobierno entraron con más facilidad, y también el argumento más
cómodo para quienes querían descalificar todo lo demás.
La segunda debilidad fue la crisis económica. La herencia del Rodrigazo (el brutal ajuste tarifario decretado por el ministro Celestino Rodrigo en junio de 1975) generó la huelga general más importante de la historia argentina contra un gobierno peronista. Isabel quedó atrapada entre la necesidad de estabilizar una economía golpeada por la crisis internacional del petróleo, la puja distributiva que el Pacto Social ya no podía contener, y las presiones de sectores empresariales que jugaban deliberadamente contra el gobierno, desabasteciendo, remarcando precios y fugando capitales para acelerar el colapso. No fue solo una crisis: fue en parte una crisis fabricada por quienes después aplaudieron el golpe.
La tercera debilidad fue
la soledad institucional. Isabel gobernó sin un aparato político a la altura de
las circunstancias. El peronismo estaba fracturado: la derecha conspiraba, la
izquierda la atacaba, los sindicalistas negociaban por sus propios intereses,
los gobernadores miraban para el costado. En el Congreso, la oposición
radicalizó su posición a medida que el golpe se acercaba, como si el sistema
político hubiera decidido colectivamente que la salida institucional no valía
la pena defender. La democracia argentina fue al golpe de 1976 sin que casi nadie
levantara una sola voz para impedirlo. Esa complicidad civil es otro capítulo
que la memoria oficial prefiere no abrir.
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Los aciertos: lo que nadie quiere recordar
En esos mismos 21 meses,
con ese nivel de asedio, el gobierno de Isabel Perón ejecutó un programa de
soberanía nacional que no tiene parangón en la historia democrática reciente
del país.
Nacionalizó los canales de
televisión 9, 11 y 13. Incorporó al patrimonio nacional 36 radioemisoras y el
Canal 7. Estatizó los depósitos bancarios. Bloqueó el negociado que entregaba
la producción siderúrgica argentina a Brasil por 50 años. Anuló contratos de la
ITT y Siemens por sobrecostos fraudulentos cobrados a ENTEL. Sancionó la Ley de
Contrato de Trabajo (la 20.744) que seguía siendo hasta hace muy poco el instrumento
central de protección laboral en la Argentina. Creó el Sistema Nacional
Integrado de Salud. Decretó el arresto del directorio de Bunge y Born por
financiamiento a la guerrilla.
No contrajo deuda externa. Ese dato, que debería estar en todos los análisis sobre el endeudamiento argentino, brilla por su ausencia en la mayoría de ellos. La deuda al inicio del gobierno peronista en 1973 era de 5.189 millones de dólares. Al 24 de marzo de 1976 era exactamente la misma cifra, con los intereses pagados. Lo que vino después: Martínez de Hoz, el endeudamiento exponencial, la estatización de deuda privada, fue la demostración a contrario de lo que ese gobierno había evitado.
Interceptó cargamentos de armas enviados desde Gran Bretaña a las organizaciones guerrilleras. Expulsó al embajador británico por la negativa unilateral del Reino Unido a negociar sobre Malvinas. Ordenó el cañoneo de una nave inglesa en aguas argentinas en febrero de 1976. Realizó una reunión de gabinete en la Antártida para dejar constancia soberana ante el mundo de que ese territorio era argentino.
Un gobierno que en menos de dos años nacionalizó los medios, estatizó
los depósitos bancarios y bloqueó la entrega de recursos estratégicos a
transnacionales. Que no contrajo deuda externa (algo que ningún gobierno
posterior logró) y que resistió presiones de potencias extranjeras. ¿Por qué
estos hechos brillan por su ausencia en los discursos del 24 de marzo? ¿Será
que la "memoria" también tiene sus tabúes?
Dos meses antes del golpe, Isabel dijo algo que la
historia se encargó de validar: "No vienen por mí ni por el gobierno,
quieren derrumbar las chimeneas y las fábricas que levantó Perón."
Tenía razón.
— • —
La arquitectura del saqueo: el legado
legislativo que nadie desmontó
Hay una dimensión del 24
de marzo que la memoria oficial sistemáticamente evade: la dictadura no solo asesinó
personas. Construyó una arquitectura legal diseñada para que la Argentina que
venía después no pudiera desandar el camino. Y lo logró.

La ley de entidades
financieras de Martínez de Hoz liberalizó el sistema bancario y abrió la puerta
a la especulación que destruyó el aparato productivo. La ley de inversiones
extranjeras entregó condiciones privilegiadas al capital transnacional. La
reforma de la Carta Orgánica del Banco Central subordinó la política monetaria
a criterios ajenos al desarrollo nacional. La modificación del Código Procesal
Civil y Comercial autorizó la prórroga de jurisdicción en favor de jueces
extranjeros; desde entonces, todos los gobiernos argentinos, sin excepción,
emitieron deuda bajo legislación de Nueva York o Londres, renunciando a la
inmunidad soberana del Estado.
Ningún gobierno
democrático desde 1983 se atrevió a desmantelar esa estructura. Algunos la
perfeccionaron. Todos la respetaron. Los discursos contra la dictadura se
pronuncian cada 24 de marzo con energía y convicción. Las leyes que la
dictadura dejó como legado económico siguen vigentes. Esa contradicción es el
verdadero índice de hasta dónde llegó la restauración conservadora que el golpe
instaló.
Los responsables del
endeudamiento externo que condicionó a la Argentina durante medio siglo nunca
fueron juzgados. Los deudores privados que socializaron sus pérdidas con la
estatización de la deuda privada en 1982 nunca respondieron ante la justicia.
Los civiles que integraron el gabinete económico de la dictadura, que
elaboraron ese plan y lo ejecutaron, siguieron haciendo carrera. Algunos con reconocimiento
público.
Los mismos que hoy conmemoran el horror del golpe callan ante un dato
escalofriante: las leyes económicas de la dictadura siguen vigentes. Ningún
gobierno democrático las derogó. ¿No es curioso que los discursos contra el
terrorismo de Estado no mencionen el terrorismo económico que nos condenó a
medio siglo de endeudamiento? La dictadura no solo mató. Nos dejó un país
diseñado para no salir de la dependencia. Y eso, al parecer, a nadie le
incomoda lo suficiente.
— • —
Por qué incomoda al peronismo
Aquí está la paradoja que
nadie quiere resolver en voz alta.
El peronismo tiene una deuda pendiente con Isabel Perón. Nos llenamos
la boca hablando de lealtad, pero borramos de la historia a la única mujer que
gobernó en nombre de Perón. Nos indignamos con los traidores de los 70, pero
cerramos los ojos ante quienes traicionaron a su propio gobierno. ¿O acaso la
lealtad es solo un eslogan? La pregunta duele porque la respuesta también: si
reivindicamos a Isabel, tendríamos que admitir que Montoneros atacó a un
gobierno peronista. Que la izquierda armada apostó al colapso institucional.
Que la complicidad civil con el golpe no fue solo de la derecha. Y eso, para
ciertos relatos, es demasiado incómodo.
Porque reivindicar a
Isabel Perón implica responder preguntas muy incómodas. ¿Qué hacía Montoneros
atacando a un gobierno peronista democráticamente electo? ¿Qué responsabilidad
tuvo la conducción de esa organización en la desestabilización del único
gobierno popular que el país tenía? ¿Por qué Firmenich reconocía en privado, en
noviembre de 1973, que la 'contradicción con Perón era insalvable' mientras
proclamaba públicamente lealtad al movimiento? ¿Por qué cuando llegó el 'momento
de fractura' que habían calculado con precisión militar, la cúpula montonera se
'replegó' al exterior mientras la represión caía sobre miles de personas que no
tenían nada que ver con ese proyecto?
Esas preguntas no
invalidan el horror de la dictadura. No relativizan un solo crimen de la
represión. Pero sí obligan a una lectura más compleja de los años que
precedieron al golpe. Y esa complejidad es demasiado costosa para ciertos
relatos.
Hay también una dimensión
que el feminismo hegemónico argentino prefiere no ver: Isabel fue la primera
mujer presidenta del mundo. No de América Latina. Del mundo. Asumió sin haberlo
buscado, en las peores condiciones imaginables, tras la muerte de su marido.
Fue presa durante más de cinco años, más que cualquier otro funcionario
constitucional en la historia argentina. Nunca se victimizó. Nunca negoció su
silencio por comodidad. Y sin embargo no tiene busto en el Salón de Honor de la
Casa Rosada, a pesar de que existe un decreto y una ley que obligan a
colocarlo. Eso
también es una forma de violencia política.
— • —
¿Qué hubiera pasado si la democracia no se
interrumpía?
La pregunta es legítima y no tiene respuesta segura. Pero tiene indicios suficientes para no esquivarla.
Un gobierno que en 21
meses había nacionalizado los medios de comunicación, los depósitos bancarios y
bloqueado múltiples negociados entreguistas, que había sancionado la Ley de
Contrato de Trabajo y el Sistema Nacional de Salud, que mantenía la deuda
externa sin crecer y que resistía las presiones del capital transnacional, ese
gobierno, de haber completado su mandato y convocado a elecciones en 1977,
hubiera entregado una Argentina estructuralmente distinta a la que recibió la
dictadura.
No hay motivos para
suponer que los problemas de violencia política se hubieran resuelto solos. La
amenaza de las organizaciones armadas era real y hubiera requerido respuestas
institucionales. La crisis económica era grave y hubiera exigido decisiones
difíciles. Las tensiones dentro del peronismo eran profundas y hubieran
generado conflictos. Pero hay una diferencia fundamental entre un país que
resuelve sus contradicciones dentro del sistema democrático (por caótico,
imperfecto y doloroso que sea ese proceso) y un país que las resuelve con
30.000 desaparecidos, el desmantelamiento del aparato industrial construido en
tres décadas, un endeudamiento externo que condicionó todas las decisiones
económicas por medio siglo, y una arquitectura legal diseñada para perpetuar la
dependencia.
La Argentina sin golpe
hubiera tenido sus crisis. Sus fracturas. Sus momentos de debilidad. Pero
hubiera tenido algo que la Argentina real no tuvo: la posibilidad de resolver
esas crisis desde adentro, sin que el precio lo pagaran los que no tenían
ninguna responsabilidad en el conflicto.
La Argentina que pudo
haber sido no existe. Pero la Argentina que fue, sí. Y esa Argentina empezó a
construirse el 24 de marzo de 1976, cuando se arrestó a una mujer que había
gobernado sin contraer deuda, sin entregar los recursos naturales, sin doblar
la soberanía ante ninguna potencia extranjera, y que dos meses antes había
advertido con precisión lo que estaba por ocurrir.
— • —
La verdad que falta en cada 24 de marzo
Cada año, el 24 de marzo,
Argentina recuerda el horror. Y está bien. Nunca hay que dejar de recordarlo.
Pero la memoria que no
incluye a Isabel Perón es una memoria mutilada. La que no pregunta qué gobierno
fue el que derrocaron es una memoria cómoda. La que condena la dictadura sin
analizar quiénes la facilitaron (desde los partidos políticos, desde los
grandes medios, desde las organizaciones armadas que apostaron al colapso
institucional, desde las potencias extranjeras que lo financiaron y
respaldaron) es una memoria que repite el ritual sin buscar la verdad.
Y la memoria que conmemora
el 24 de marzo con discursos encendidos mientras ningún gobierno se atreve a
derogar las leyes económicas que la dictadura dejó como legado, es una memoria
que honra a las víctimas con palabras y las traiciona con hechos.
Cada 24 de marzo,
recordamos a los 30.000 desaparecidos, a las madres y abuelas que aún buscan a
sus seres queridos, a los niños y niñas robados cuya identidad sigue siendo un
crimen abierto. 'Memoria, Verdad y Justicia' es un compromiso irrenunciable
para que el horror del terrorismo de Estado nunca se repita. Pero la memoria
que solo conmemora el crimen y olvida a la víctima institucional: el gobierno
democrático de Isabel Perón, es una memoria incompleta. La verdad que no
pregunta ¿por qué derrocaron a un gobierno que no contrajo deuda, nacionalizó
los medios y defendió la soberanía? es una verdad a medias. Y la justicia que
no investiga a los cómplices civiles del golpe (desde los partidos que miraron
para otro lado hasta las potencias que lo aplaudieron) es una justicia coja.
Argentina
no solo tuvo una dictadura asesina. Tuvo un golpe contra el último intento de
construir un país soberano dentro de la democracia. Honrar a las víctimas exige
también preguntarnos: ¿qué proyecto político interrumpió el 24 de marzo de
1976? Porque sin esa pregunta, la memoria se convierte en un acto vacío. Y la
historia, en una lección que nunca aprendemos."
— • —
Fuentes
consultadas
Aldo Duzdevich
— "Perón es un estorbo para nosotros" (2020)
Iciar Recalde —
"En la huella de Evita: Isabel Perón y las mujeres argentinas",
Revista Escenarios, marzo 2020
Diego Mazzieri
— "María Estela Martínez, por siempre de Perón. Biografía de la lealtad",
Ed. Fabro, 2020
Guillermo Nieto
— "¿Por qué derrocaron a Isabel Perón el 24 de marzo de 1976?"
(Universidad Libre)
Fotografías tomadas de la web, el crédito a sus autores.






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