La fábrica que se apaga y el campo que no alcanza
Las reformas de Milei aceleran cincuenta años de desindustrialización. Lo que viene en 2027 depende de quién nombre el problema con precisión — y de si alguien escucha
Hay un dato que resume cincuenta años de historia económica argentina mejor que cualquier análisis: desde 1970, el PBI industrial por habitante retrocedió un 8%. En ese mismo período, Corea del Sur lo multiplicó por 56 y China por 94. Son pocos los países que hoy exhiben menos industria por habitante que en 1970 — y Argentina es uno de ellos.
No es un accidente. Es el resultado de decisiones sistemáticas que distintos gobiernos tomaron en distintas décadas con distintas justificaciones, pero con el mismo efecto estructural: cada vez que Argentina eligió entre producir y extraer, eligió extraer.
La fábrica que se apaga
La industria manufacturera argentina explica un tercio del PBI, una quinta parte del empleo registrado privado, y más de la mitad de la inversión en investigación y desarrollo del sector privado. Es el sector que sostiene la clase media argentina. Y está en caída libre.
Doscientas cuatro empresas menos en un año. No son estadísticas — son talleres cerrados, trabajadores en la calle, proveedores sin clientes, economías regionales sin ancla.
El mecanismo tiene un nombre técnico: apertura importadora con atraso cambiario. Organizaciones de pymes industriales advierten sobre una combinación que empuja a muchos empresarios a dejar de producir para convertirse en importadores. Es más rentable importar alimentos terminados que abastecer a la industria local con insumos producidos en el país.
"Importar en lugar de producir. Ese desplazamiento — de fabricante a intermediario — es la primarización en su forma más cotidiana y menos visible."
El campo que exporta sin transformar
Mientras la industria se contrae, el sector primario bate récords. Y ahí está la trampa. El complejo sojero explicó por sí solo una cuarta parte del total de exportaciones argentinas en 2025. El petróleo, la carne, el girasol, el maní y el litio también marcaron récords históricos.
Pero el 70% de las exportaciones argentinas de 2025 provino de materias primas sin manufactura. Los sectores que menos empleo generan son los que más exportan.
El caso del maíz lo ilustra con precisión: Argentina se posiciona como uno de los principales productores mundiales, pero cerca del 70% del maíz producido se destina a la exportación directa sin procesar. Argentina apenas industrializa el 9% de su cosecha. Brasil industrializa el doble. China toma el mineral de litio argentino, fabrica las baterías, y exporta los vehículos eléctricos al mundo. Argentina reproduce con el mineral del siglo XXI exactamente la misma lógica que con la soja del siglo XX.
Las reformas que consolidan el modelo
El conjunto de reformas del gobierno de Milei no son una anomalía en este patrón histórico. Son su versión más coherente y más acelerada.
La izquierda: el diagnóstico correcto, el alcance limitado
El FIT-U es la única fuerza que votó en contra de todas estas reformas sin excepción, sin negociar ausencias ni abstenciones. Sus diputados nombraron a Rocca, a BlackRock, a las mineras transnacionales. Esa coherencia es real y no es menor.
En las elecciones legislativas de 2025 obtuvo cerca del 4% a nivel nacional — casi 850.000 votos — y en la Ciudad de Buenos Aires llegó al 9,12%. Es la tercera fuerza real en el distrito más educado del país.
Lo que el mundo hace mientras Argentina debate
El escenario global transformó el valor de los recursos que Argentina tiene. Las grandes potencias buscan una nueva oleada industrial para preservar su poder tecnológico y responder al ascenso chino. Brasil, Chile y México intentan aprovechar la doble transición tecnológica y energética. Argentina tiene el litio, el cobre, el hidrógeno verde — y los está exportando como mineral crudo.
Noruega descubrió petróleo en los años 70 y creó un fondo soberano que hoy vale más de un trillón de dólares. Lo que tenía Noruega que Argentina no tiene: un Estado con capacidad real de capturar y administrar la renta antes de que los actores con poder real se la apropien.
La primarización que este artículo documenta no es solo un problema económico — es un problema político. Un país que produce cada vez menos y extrae cada vez más no solo pierde industria. Pierde el tejido social que históricamente generó las demandas de transformación más profundas. El obrero industrial organizado fue durante un siglo el actor que empujó derechos laborales, salud pública, educación universal. Cuando ese actor se debilita, la demanda de transformación se fragmenta y se vuelve más fácil de cooptar.
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